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ESTUDIOS BIBLICOS
y se ha dejado llevar por los vicios de los paganos.
Para Erasmo, las doctrinas tenían importancia secundaria. Esto no quería decir que fuesen indiferentes, pues sí había doctrinas, tales como la de la encarnación, que eran fundamentales. Pero la vida recta era mucho más importante que la doctrina ortodoxa, y los frailes que se dedicaban a distinciones sutiles al tiempo que llevaban vidas escandalosas eran objeto frecuente de los mordaces ataques de Erasmo.
En resumen, lo que el humanista holandés buscaba era una reforma de las costumbres, la práctica de la decencia y la moderación. Poco a poco fue ganándose la admiración de buena parte de los eruditos de Europa, que se escandalizaban ante las actividades de los papas del Renacimiento. Entre sus admiradores se contaban no pocos nobles y soberanos. Su programa de reforma parecía tener buenas posibilidades de éxito.
Entonces estalló la Reforma protestante. Los espíritus se inflamaron. Las cuestiones planteadas, más que de moralidad, eran de teología fundamental. Ambos partidos trataron de ganarse el apoyo del famoso humanista. Pero Erasmo no podía apoyar de todo corazón a ninguno de los dos. Por fin rompió definitivamente con Lutero y los suyos, pero sin prestarles su ayuda a los católicos que se oponían a la Reforma. Desde su estudio, siguió clamando por la moderación, la reforma al estilo humanista, y las virtudes de los estoicos y platónicos de antaño. Pero nadie lo escuchaba. Erasmo no se había percatado de la profundidad de las cuestiones que se debatían, y la reforma que tanto había anhelado no tuvo lugar. Su sueño, como tantos otros antes, quedó frustrado.
JerónimoSavonarola54
Estos señorones, como si no supieran que son tan humanos como los demás, quieren que todos los honren y bendigan. Pero el verdadero predicador no puede adularlos, sino que tiene que atacar sus vicios. Luego, no pueden soportarlo, porque no se comporta con ellos como lo hacen los demás.
Jerónimo Savonarola
acia fines de la primavera de 1490, un fraile dominico de treinta y siete años de edad se presentó a pie ante las puertas de Florencia. Su nombre era Jerónimo Savonarola, natural de Ferrara, donde lo había educado su abuelo paterno, un médico distinguido tanto por su ciencia como por su devoción y su rectitud moral. De este abuelo, Savonarola había recibido principios que nunca lo abandonarían, y que lo llevaron, cuando era todavía joven, a unirse a la orden de los predicadores de Santo Domingo. Pronto el fraile dominico se distinguió por su dedicación al estudio y a la santidad, y por ello la orden le confió responsabilidades cada vez más importantes. Años antes había residido por primera vez en Florencia, donde se le admiró por su erudición bíblica, aunque no por sus sermones, cuya vehemencia y acento ferrarense no sonaban bien en los oídos renacentistas de los florentinos. Después había sido maestro de estudios en el convento dominico de Boloña.
Ahora regresaba a Florencia a petición del amo de la ciudad, Lorenzo de Médicis. Quizá lo que había inspirado a este tirano a hacer tan extraña petición fue la recomendación de Pico de la Mirándola, quien había trabado amistad con el fraile y se había vuelto su admirador. En todo caso, Lorenzo no tardaría en descubrir que el predicador a quien había invitado a su ciudad le acarrearía problemas.
Al principio, Savonarola se limitó a exponer las Escrituras a los frailes del convento dominico de San Marcos. Pero pronto su fama se extendió, y un gran número de personas de fuera del convento comenzó a acudir a sus conferencias. En consecuencia éstas se trasladaron del jardín donde hasta entonces habían tenido lugar, a la iglesia del convento. Durante casi medio año, el elocuente fraile expuso el libro de Apocalipsis. Aunque al comienzo se trataba de conferencias, pronto se convirtieron en sermones. En ellos, Savonarola atacaba la corrupción de la iglesia, y profetizaba que, antes de ser restaurada, la iglesia tendría que pasar por una gran tribulación. Además, al tiempo que comentaba sobre el Apocalipsis, atacaba a los poderosos, cuyo lujo y avaricia eran una contradicción de la fe cristiana.
Su popularidad creció rápidamente, y en Cuaresma de 1491 se le invitó a predicar en Santa María de las Flores, la iglesia más importante de la ciudad. Allí se vio claramente que su prédica no era del agrado de los poderosos. Lorenzo de Médicis trató de hacerlo callar; pero el fraile le respondió que no podía callar la Palabra de Dios. Sus ataques, al mismo tiempo que iban dirigidos contra la corrupción que reinaba en todos los niveles sociales, no dejaban de referirse a los impuestos onerosos que Lorenzo exigía, y con los cuales sustentaba la pompa de su casa y sus favoritos. Lorenzo trató de robarle su audiencia incitando a otro predicador a atacar a Savonarola desde el púlpito. Pero este último resultó ser más popular que su contrincante, y a la postre el malhadado rival se fue a Roma, para desde allí tramar la ruina del dominico. A los pocos meses, Savonarola fue electo prior de San Marcos. Cuando algunos de los frailes le señalaron que era costumbre que cada nuevo prior le hiciera a Lorenzo una visita de cortesía, para agradecerle su buena voluntad para con la casa, fray Jerónimo sencillamente contestó que su elección se debía a Dios, y no a Lorenzo, y que por tanto tenía que retirarse a darle gracias a Dios y a ponerse bajo sus órdenes. Poco después hizo vender todas las propiedades del convento, y darles el dinero a los pobres. La vida de los frailes se volvió un ejemplo proverbial de santidad y servicio. Y otras casas cercanas le pidieron al ilustre prior de San Marcos que dirigiera en ellas reformas semejantes a la que había instaurado en el convento florentino. En cuanto a Lorenzo, en su lecho de muerte mandó buscar al santo fraile, de quien pidió y obtuvo la absolución de todos sus pecados.
Piero de Médicis había sucedido a Lorenzo, y había resultado ser peor tirano que el anterior, cuando comenzaron a llegar rumores de que el rey de Francia, Carlos VIII, se preparaba a invadir Italia con el propósito de conquistar el Reino de Nápoles, cuya corona reclamaba. Florencia tembló ante el avance de las tropas francesas, que Savonarola había predicho dos años antes. Piero se mostró incapaz de organizar la defensa de la ciudad, y trató de comprar el favor del Rey entregándole, literalmente, villas y castillos. Airados, los florentinos enviaron una embajada ante Carlos VIII, encabezada por fray Jerónimo. Este se presentó ante el Rey, lo llamó instrumento de la justicia de Dios, le dio la bienvenida en nombre de los florentinos, le declaró que él había profetizado su venida años antes, y lo amenazó, profetizándole grandes males si no se comportaba debidamente con los florentinos.
Mientras tanto, éstos aprovechaban las circunstancias para echar de su ciudad a Piero, y con él el yugo de los Médicis. Poco después el Rey entró triunfante en Florencia. Cuando trató de imponerles condiciones insoportables a cambio de no saquear la ciudad, los florentinos acudieron una vez más a su predicador, quien se enfrentó al Rey y logró de él condiciones mucho más favorables. A los pocos días, tras haber establecido una alianza con Florencia, el francés partió con sus tropas.
La ciudad quedaba acéfala. Pocos deseaban el regreso de los Médicis. Muchos esperaban aprovecharse de las circunstancias para dar rienda suelta a los odios que se habían acumulado en las últimas semanas de incertidumbre. Por tanto, Savonarola se vio colocado, casi sin quererlo, en la posición de señalar el rumbo que debía seguirse. Gracias a él se estableció un gobierno republicano y se evitó el derramamiento de sangre. Hasta los amigos de los Médicis fueron perdonados, gracias a la intervención del fogoso predicador.
Prácticamente dueño de la ciudad, Savonarola utilizó el púlpito para proponer las reformas que le parecían necesarias. Insistió en que se abriera de nuevo el comercio, que había quedado interrumpido durante la invasión francesa, diciendo que era necesario darles empleo a los pobres, que habían perdido sus escasos ingresos. En cuanto a aquellos para quienes estas medidas no bastaran, debía alimentárseles derritiendo y vendiendo el oro y la plata de las iglesias.
Su interés por los pobres pronto le acarreó la mala voluntad de buena parte de la aristocracia. Lo mismo sucedió con muchos clérigos, a quienes la propuesta reforma eclesiástica tocaba demasiado de cerca. Pero Savonarola contaba con la casi totalidad del pueblo, y no hubiera tenido mayores problemas de no haber sido por razones de política internacional.
La campaña de Carlos VIII en Italia había sido facilísima. Pronto el Papa —a la sazón el tristemente famoso Alejandro VI—, varios estados italianos, y los monarcas de España y Alemania, se unieron en una “Santa Alianza” contra el rey de Francia. La ciudad de Florencia, gracias a Savonarola, permanecía firme en lo acordado con el francés. Sus aliados le encargaron a Alejandro VI la tarea de doblegar al inflexible monje. El escenario estaba listo para la gran tragedia que a la postre tendría lugar en Florencia.
En el entretanto, el movimiento reformador llegó a su apogeo en Florencia. Aunque se ha dicho que Savonarola era un monje oscurantista, la verdad es todo lo contrario. El fraile dominico se oponía a las letras renacentistas como excusa para toda clase de excesos morales y un retorno al paganismo. Pero su actitud hacia el estudio mismo fue siempre positiva. Su sueño era que San Marcos se convirtiera en un centro misionero, y por ello en ese convento se estudiaban, además del latín y el griego, el hebreo, el árabe y el caldeo.
Por otra parte, Savonarola sí se mostró enemigo decidido del lujo y la ostentación. Esto se puso de manifiesto en sus repetidos ataques, desde el púlpito, contra las joyas y las sedas, así como contra los vestidos demasiado llamativos de algunas mujeres. El resultado fue la “quema de vanidades”, que se dio repetidamente mientras el fraile dominico tuvo el apoyo de los florentinos. En el centro de la plaza principal de la ciudad se construía una gran pirámide escalonada de madera, bajo la cual se colocaba paja, leña y pólvora. Después las gentes traían “vanidades” —trajes, pelucas, joyas, etc.— colocándolas sobre los escalones de la pirámide, a la que por último se le prendía fuego. Aquellas grandes hogueras, con los himnos que se cantaban, las procesiones y las explosiones de la pólvora, vinieron a sustituir la celebración del carnaval en Florencia.
La predicación de Savonarola, siempre inflamada, incluía profecías cuyo cumplimiento alimentaba el fanatismo con que muchos veneraban al fraile. Así, por ejemplo, cuando uno de los puertos pertenecientes a Florencia fue sitiado por un ejército y una escuadra de la Santa Alianza, Savonarola declaró que, así como los montes serían traspasados al corazón de la mar, así también la flota sería destruida. Poco después una tormenta imprevista dispersó la escuadra de la Santa Alianza, varios de sus buques se hundieron, y los invasores se vieron obligados a levantar el sitio.
Pero esto a su vez quería decir que cada vez se esperaban de Savonarola nuevos y más grandes milagros. Cuando la situación económica se hizo difícil, no faltaron quienes criticaron al profeta por no sacar a Florencia de la estrechez. Y esas críticas cobraban mayor fuerza por cuanto parte de las dificultades se debía a la insistencia de Florencia, bajo la inspiración de Savonarola, en no unirse a la Santa Alianza.
El Papa también hizo todo lo posible por lograr ese cambio de política. Enterado de que el fraile dominico era el gran obstáculo que se encontraba en su camino, envió bulas de excomunión contra él. Pero Savonarola, con el apoyo del gobierno florentino, declaró que, puesto que esa excomunión se basaba en supuestas herejías que él no había predicado, no era válida. Cuando el Papa le ordenó que guardase silencio y no predicara, el fraile lo obedeció por algún tiempo. Pero se dedicó entonces a escribir, cada vez con más virulencia, contra la corrupción de la iglesia. Por primera vez la imprenta se volvió instrumento de propaganda religiosa, pues los escritos de Savonarola eran leídos ávidamente tanto en Florencia como fuera de ella.
Cuando, tratando de comprar su silencio, Alejandro VI le ofreció el capelo cardenalicio, Savonarola le contesto: No quiero más sombrero que uno rojo: un sombrero de sangre. El Papa pasó entonces a medidas más extremas. Amenazó a toda la ciudad con colocarla en entredicho, y encarcelar a todos los mercaderes florentinos que había en Roma y en las demás ciudades de la Alianza. Además, en virtud del entredicho, confiscaría todos los bienes florentinos que cayeran en su poder. Esto era una amenaza de ruina económica para toda la ciudad, y Savonarola pronto perdió el apoyo que tenía entre los aristócratas y los burgueses.
Sólo le quedaban entonces sus propios frailes, unos pocos amigos entre las gentes adineradas, y el pueblo bajo. Pero este último se encontraba en angustiosa situación, pues el hambre iba en aumento, y cada vez se pedía con más insistencia que el profeta hiciera un milagro.
La ocasión para tal milagro pareció presentarse cuando un fraile franciscano, enemigo acérrimo de Savonarola, retó a la prueba del fuego a cualquiera que dijese que el dominico era verdaderamente un profeta de Dios. Sin consultar con fray Jerónimo, otro dominico aceptó el reto. Tras largas negociaciones se firmaron los términos del trance. Si el franciscano resultaba vencedor, o si ambos contendientes perecían, Savonarola tendría que abandonar la ciudad.
Por fin llegó el día de la prueba. En medio de la plaza se construyó una gran plataforma rectangular, cubierta de tierra para que no se quemara, y sobre ella, dejando un estrecho pasillo, se prepararon dos largas piras paralelas. Lo convenido era que los dos contendientes entraran simultáneamente al fuego, cada uno por un extremo del pasillo. El que saliera por el otro extremo resultaría vencedor. Savonarola, que nunca estuvo de acuerdo con el experimento, pues decía que era tentar a Dios, por fin accedió a estar presente. Los más exaltados de entre sus seguidores estaban seguros de que allí ocurriría un gran milagro, y quedaría demostrado de una vez por todas que fray Jerónimo era profeta del Altísimo.
Empero, llegado el momento, el franciscano no apareció. Sus compañeros de orden pusieron mil trabas y excusas, y una a una todas fueron eliminadas. Pero todavía el retador no aparecía. En todas estas idas y venidas, el cielo se iba oscureciendo, y por fin cayó un aguacero tal que, aunque los contendientes lo hubieran querido, hubiera sido imposible prender el fuego. Unos pocos de los presentes dijeron que se trataba de un milagro, pues fray Jerónimo siempre se había opuesto a la prueba. Pero quienes habían acudido prontos a presenciar un portento se sintieron defraudados.
Esa noche los espíritus estaban exaltados. Pronto corrió la voz de que, puesto que nadie había ganado la prueba, Savonarola había perdido, según lo acordado. Los poderosos de la ciudad, que temían por su comercio, se unieron a los eclesiásticos a quienes Savonarola había ofendido, y promovieron un gran desorden. Finalmente, la turba se dirigió hacia San Marcos, y exigió que se le entregara a Savonarola. Mientras el fraile oraba, algunos de sus más fieles seguidores tomaron las armas en defensa suya. Pero a la postre el profeta se entregó a quienes exigían su encarcelamiento. Al ver al antes poderoso predicador maniatado, muchos se burlaron de él, escupiéndole y gritándole improperios.
Cuando se reunió el consejo de la ciudad para tratar el caso de Savonarola, sus amigos no se presentaron, e inmediatamente se eligió a otros para sustituirlos. Quedaba así garantizado que el acusado no tendría quien lo defendiera.
Pero todavía era necesario hallar de qué acusarlo. Por varios días se le aplicó la tortura, y lo único que lograron arrancarle, cuando estaba tan quebrantado que ni siquiera podía llevarse la comida a la boca, fue que no era en realidad profeta, sino que sus profecías eran invención suya. Y aun esto lo negó tan pronto como la tortura amainó. Tres juicios se le hicieron, dos de ellos por parte de las autoridades florentinas y el tercero por los legados del Papa. Este al principio había querido que los florentinos le entregaran al prisionero, para disponer de él a su modo. Pero los florentinos se negaron a hacerlo, no por salvar a su profeta, sino por temor a los secretos que éste pudiera revelarle a Alejandro VI. Por fin el Papa accedió a enviar sus legados para que juzgaran el caso en la misma Florencia, aunque antes de partir les ordenó que lo condenaran.
En los tres juicios, Savonarola fue torturado sin misericordia. Los legados del Papa no lograron que confesara más que el haber tenido la intención de apelar a un concilio universal. Por fin, sin obtener la confesión deseada, lo condenaron por “hereje y cismático”, aunque nunca declararon en qué consistía su herejía. Poco antes habían sido condenados, en semejantes circunstancias, dos de sus más allegados colaboradores.
Según se acostumbraba, la iglesia no castigaba a los herejes sino que los entregaba al “brazo secular”. Por tanto, el nuevo consejo de Florencia fue convocado para dictar sentencia, y se dictaminó, como se esperaba, que los tres reos fuesen muertos.
La única misericordia que se tuvo con ellos fue ordenar que se les ahorcara antes de quemarlos.
Así sucedió al día siguiente. Los tres murieron con serenidad ejemplar. Después sus cenizas fueron echadas al río Arno, para evitar que los seguidores del fraile las recogieran como reliquias. Pero a pesar de ello por varias generaciones hubo en Florencia y en otras partes de Italia quienes guardaron reliquias del santo fraile. Cuando, años más tarde, Roma fue saqueada por tropas alemanas, hubo quien vio en ese hecho el cumplimiento de las profecías de Savonarola acerca del castigo que Dios preparaba para la corrompida ciudad.
Repetidamente, y aún en el siglo XX, se ha hablado entre católicos de declarar santo a aquel fraile dominico que murió mártir de las ambiciones de un papa. Quizá nunca llegue la iglesia a dar ese paso. Pero todos los historiadores concuerdan en que, en aquel combate desigual, la justicia estaba de parte del fraile.
El fin del ImperioBizantino55
Los turcos temen sobre todas las cosas nuestra unión con los cristianos occidentales [...] Por lo tanto, cuando quieras inspirarles terror, hazles saber que vas a reunir un concilio para llegar a un entendimiento con los latinos. Piensa siempre en tal concilio, pero cuídate de reunirlo.
Manuel II Paleólogo, a su hijo
os siglos XIV y XV fueron tiempos aciagos para lo que quedaba del Imperio Bizantino. Como hemos dicho, en el 1204 los cruzados se adueñaron de la ciudad de Constantinopla, y establecieron en ella un emperador y un patriarca latinos. En el 1261 los griegos pudieron apoderarse de nuevo de su capital, y terminó así el Imperio Latino de Constantinopla. Pero el mal estaba hecho. El viejo Imperio Bizantino nunca recobró su gloria perdida, y tuvo que contentarse con sostenerse en una existencia precaria entre los occidentales por una parte y los turcos por otra.
En tales condiciones, la cuestión de las relaciones entre la iglesia griega y la latina dominó el escenario religioso de Constantinopla. El recelo del pueblo hacia los latinos se había agudizado cuando éstos últimos utilizaron la Cuarta Cruzada para tomar a Constantinopla, y después le impusieron sus costumbres, sus doctrinas y su jerarquía eclesiástica. Los jefes bizantinos, tanto en el estado como en la iglesia, participaban de los mismos recelos. Pero veían la necesidad de llegar a un entendimiento con el cristianismo occidental, a fin de poder resistir los embates de los turcos. Por ello, cuando alguien proponía la unión con Roma, se trataba siempre del emperador, el patriarca, o algún otro jerarca civil o eclesiástico. Y por las mismas razones todas esas propuestas se estrellaron contra la firme voluntad del pueblo, los monjes y el clero bajo, para quienes los latinos eran herejes y cismáticos con quienes no se debía tener contacto alguno.
La situación política se complicaba porque, a raíz de la conquista latina de Constantinopla, se habían fundado varios estados que se separaron de la vieja capital. En Nicea y Trebizonda hubo imperios griegos rivales del latino de Constantinopla. En el Epiro, en Moesia y en otras regiones del Egeo, otros estados menores trataron de continuar la herencia bizantina. Cuando Constantinopla volvió a quedar en poder de los griegos, algunos de estos estados se sometieron a ella. Pero muchos otros continuaron teniendo una existencia independiente, o una relación con la capital más teórica que real. En consecuencia, los emperadores bizantinos eran señores efectivos de poco más que Constantinopla y sus alrededores. Poco a poco, los turcos iban estrechando el cerco, y no parecía haber defensa alguna contra ellos.
A mediados del siglo XIV, la situación empeoró. Los turcos otomanos, que antes se habían posesionado del Asia Menor, atravesaron el Mar Negro y se lanzaron a la conquista de los Balcanes. Este era el único territorio que le quedaba a Constantinopla, aparte de unas pocas islas en el Egeo. Pronto los genoveses aprovecharon esa coyuntura y se apoderaron de las principales de esas islas, al tiempo que los turcos conquistaban toda la península balcánica, excepto el Epiro y el Peloponeso. El primero de estos dos territorios siguió un curso independiente, hasta que fue conquistado, primero por los albaneses y después, en el siglo XV, por los turcos. El segundo fue tomado por los turcos en 1460, siete años después de la caída de Constantinopla.
Privada de casi todos sus territorios, y dividida por cuestiones de la sucesión al trono, Constantinopla sólo pudo subsistir como estado vasallo de los turcos, a quienes se vio obligada a pagar tributo. Y aun esa situación era en extremo precaria, pues tan pronto como los turcos se vieran libres de sus conflictos con los húngaros y los albaneses era de esperarse que se volvieran contra Constantinopla. Colocada en el centro mismo de los territorios otomanos, como un puente entre Asia y Europa, la vieja capital de Constantino era un quiste dentro de las posesiones del sultán Bayaceto. Al comenzar el siglo XV, parecía que los turcos tomarían a Constantinopla de un momento a otro.
Entonces sucedió lo imprevisto. Por varias décadas, los emperadores bizantinos habían estado rogándole al Occidente cristiano que acudiera en su defensa. Sus ruegos no consiguieron respuesta efectiva alguna. Pero en el Oriente, entre paganos, se levantó el conquistador que, sin quererlo, prolongaría la vida de Bizancio por medio siglo. Tamerlán, el temible mongol que se propuso reconstruir el imperio de Gengis Kan, derrotó a los turcos en la batalla de Angora, en Asia Menor, a mediados de 1402. Esto detuvo el avance de los turcos. Y aunque Tamerlán pronto abandonó el Asia Menor, los turcos se vieron entonces divididos por una guerra civil entre los hijos de Bayaceto. Cuando por fin el sultán Mahoma I resultó vencedor, tuvo que dedicar sus esfuerzos a consolidar su poder e imponer el orden en sus territorios. Su hijo, Murad II, sitió a Constantinopla en 1422. Pero un nuevo ataque mongol, y la rebelión de uno de sus hermanos, le obligaron a levantar el cerco. Por otra parte, los húngaros y los albaneses también lograron importantes victorias sobre los turcos. Así, salvada por acontecimientos inesperados, Constantinopla logró prolongar su existencia. Pero en 1451, a la muerte de Murad, le sucedió Mahoma II, cuyo gran sueño era hacer de Constantinopla una ciudad musulmana, capital de su imperio.
En el entretanto, los emperadores de Bizancio no tenían otro recurso que acudir al Occidente latino, con la esperanza de que esta vez su clamor fuera escuchado. Fue entonces que tuvo lugar la reconciliación entre ambas ramas de la cristiandad, en el Concilio de Ferrara-Florencia, en julio de 1439. Empero esto no redundó en bien de la asediada Constantinopla, pues el papado no tenía el poder necesario para obligar a las potencias occidentales a enviarle refuerzos a la ciudad asediada, y los griegos vieron en la acción de su emperador y sus jerarcas eclesiásticos una traición y una capitulación ante la herejía. En 1443, los patriarcas de Jerusalén, Alejandría y Antioquía, quizá debido en parte a la presión de los turcos, repudiaron lo que había sido hecho en el concilio. Los rusos reaccionaron de igual manera. Luego, Constantinopla se vio absolutamente sola, dividida y asediada por los turcos. No le quedaba a Constantino XI, quien reinaba a la sazón en la ciudad de su homónimo el Grande, otro aliado que el Occidente cristiano, y por ello insistió en sus planes de unión. En diciembre de 1452 se celebró en Santa Sofía la misa romana.
Los días de Constantinopla estaban contados. El 7 de abril de 1453, Mahoma II sitió la ciudad. Para forzar sus murallas hizo uso de piezas de artillería que le habían facilitado ingenieros cristianos. Los sitiados se defendieron valientemente, pero su situación era desesperada, pues las murallas no resistían el embate de la artillería turca. El 28 de mayo hubo un culto solemne en la catedral de Santa Sofía. El 29 fue el último asalto por parte de los turcos. El emperador Constantino XI Paleólogo murió defendiendo la ciudad. (Cinco siglos más tarde, este autor se encontró, en el camposanto de una pequeña iglesia anglicana en una isla del Caribe, una lápida que decía: “Aquí yace el último descendiente por línea directa de Constantino Paleólogo, último emperador de Constantinopla”.) Los turcos irrumpieron a través de la muralla, y por tres días y tres noches, según se lo había prometido el Sultán, la vieja capital fue saqueada. Después Mahoma tomó posesión formal de ella, y Constantinopla comenzó su transformación para venir a ser Istambul, capital del Imperio Otomano. En la catedral de Santa Sofía, donde siglos antes predicó Juan Crisóstomo, resonó ahora el nombre de Mahoma. El gran sueño de Constantino, de fundar una Nueva Roma cristiana, había terminado.